BREAKS, PRALINE, RAGS ¿SON EL JAZZ?
Hacia 1890, los negros, que desconocían la escritura musical se veían obligados a suplir su ignorancia con los recursos de la memoria y la invención. En tal forma, al recrear los temas oídos, inventaban los pasajes que no recordaban precisamente, adaptándolos a su peculiar concepción rítmica africana. La mayoría eran gentes que no sabían leer ni escribir, pero se transmitían de padres a hijos los melancólicos cantos que entonaban en los campos de algodón o en las orillas del Mississipi.
Poco a poco, de una manera insensible, se opera una adaptación de la música a las circunstancias: los picapedreros tienen una melodía quejumbrosa, con acompañamiento rítmico de los golpes del martillo; los vendedores de agua lanzaban un lento gemido sacudido; los hombres de las vías férreas tienen un repertorio en especial. Todo eso vive, bulle y se desarrolla y tiende hacia una cristalización que no tardará en reproducirse. Los negros que demostraban más condiciones eran elegidos para tocar en las fiestas de los blancos. Así los negros entraban en contacto con los instrumentos más populares. En esa época, hay una verdadera lucha de clases entre los medios de expresión musical: los instrumentos nobles como el piano, el violín, y el violonchelo se reservaban para el uso de la gente rica. Los negros debían contentarse con los que desechaban las bandas. La posesión de una vieja tuba o de un clarinete era un acontecimiento importante en la vida de un negro; constituirá para él una especie de liberación que va a permitirle, si es inteligente, escapar de las tareas más pesadas.
En ciertos antros, solos frecuentados por bandidos y trabajadores del puerto, se verá como los músicos negros sustituyen a los blancos, pues resultan mucho más económicos. Así, termina por imponerse la ley de la oferta y la demanda, y son requeridos en todos los lugares de bailes y diversiones. Una música híbrida, sin nombre, sin carácter, pero dotada de emocionantes características rítmicas, comienza a perpetuarse en los bajos fondos; los burgueses se burlaran de esa moda grotesca que parece condenada a extinguirse rápidamente.
Los primeros ejecutantes enriquecen su repertorios con aires franceses y locales, conservados de memoria y reproducidos a su modo. Polcas y mazurcas son nuevamente actualizadas por los negros que maltratan la melodía europea, le imponen un estilo rudimentario pero con temperamento artístico, con sacudidas, acentuaciones, contratiempos y numerosos “Breacks”. La expresión de tal música se destacará por un extraordinario don de improvisación, por una sensibilidad exacerbada y por un sentido intuitivo de la medida. De 1880 a 1900 florece el periodo del baile de cuadrillas. Era una danza complicada, con figuras geométricas y regulares. Así fue como, los mismos acordes que habían estremecido la juventud de las damas de la crinolina, volvieron a sonar, igual que años atrás, en los bailes de Louisiana. Esto permitió descubrir el origen de una de las más celebres piezas del jazz.
Hacia 1914 era el mismo aire, en New Orleáns, cautivó de entrada en el baile de los cuadroons y pasó luego a las reuniones de la gente de color. Las primeras orquestas negras lo tocaron, triturando y transformando bajo el nombre de “Praline”. Hizo furor en la edad de oro del “Ragtime” y los primeros clarinetistas le improvisaron un coro que cambió muy poco en mas de medio siglo y todavía hoy se mantiene en cierto modo en las improvisaciones del principio: “Es el famoso Tigre Rag “. En el momento de su aparición, no había nacido aun la palabra jazz. La terminología local llamó a estos trozos “Rags” o “Shouwts”. De tal manera, numerosas marchas francesas se transformaron, adquiriendo un movimiento y una acentuación que modificaba completamente el tema original. Pero por otra parte, sería injusto olvidar que antes de alcanzar esa etapa del jazz completamente evolucionado, la actividad artística negra pasó por una serie de modos mas o menos transitorios, tales como las canciones de cuna o el “Coon-Songs”, los nostálgicos cantos de las plantaciones, los aires del “Cake-walk”, la queja a la vez triste y profunda que será la base de los blues, y en fin, los corales ordenados, codificados y controlados por los pastores protestantes bajo el nombre de “spirituals”.
Así llegamos a los primeros días del “ragtime”. Ya no es la vieja música folklórica de New Orleáns, pero todavía no es el jazz, es solo una extraña e indefinible melodía que provoca la burla de los burgueses, es un grito de dolor y de trance que va a perpetuarse en los misteriosos cafetines del quartier negro. Donde florece el alcohol, el vicio, el juego, el escándalo, y la miseria, irá a florecer también la música que todavía no ha sido bautizada.