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SALVATORE QUASIMODO
Premio Nobel 1959
Fue poeta y crítico literario italiano. Nación en Modica, Sicilia. Comenzó a escribir mientras trabajaba como ingeniero de caminos.

En el año 1938 había publicado ya cinco libros de poemas y, a partir de 1940, fue crítico teatral del periódico Il Tempo.
Fundó la escuela hermética, un grupo de poetas italianos que como no podían criticar abiertamente al fascismo, tenían que escribir de un modo velado, utilizando complejas simbologías y un estilo extremadamente rebuscado. Después de la II Guerra Mundial, su escritura se hizo más comprometida y reflejó su oposición al régimen fascista, los horrores de la guerra y el sentimiento de culpa experimentado por el pueblo italiano. Esto queda perfectamente expresado en obras como Día tras día (1947). Más tarde, en 1961, apareció una recopilación de sus escritos sobre teatro. Además, en todos esos años, Quasimodo llevó a cabo excelentes traducciones de autores clásicos griegos y romanos, como Homero, Virgilio y Cátulo, así como de Shakespeare, y de Pablo Neruda además de otros poetas modernos, fundamentalmente británicos y norteamericanos.
Su primera colección de poemas fue Aguas y tierras (1930) y más tarde, Erato y Apollión (1936) le convierte en el máximo representante del hermetismo. Su tierra natal está presente en muchas de sus obras, como Nuevas poesías (1936-1942) o Y enseguida es de noche (1942). Como poeta vitalista se mostró en La vida no es sueño (1949), La tierra incomparable (1958) y Dar y tener (1966).
ANTIGUO INVIERNO
Anhelo de tus claras manos
en la penumbra de la llama;
de robles y de rosas sabían;
de muerte. Antiguo invierno.
Buscaban su alimento las aves
y de pronto hacíanse de nieve;
así las palabras.
Un poco de sol, un resplandor angélico,
luego la niebla; y los árboles,
y nosotros hechos de aire en la mañana.
NADIE
Soy tal vez un niño
que teme a los muertos
pero que a la muerte llama
para que lo libere de todas sus criaturas:
los niños, el árbol, los insectos;
de todo cuanto alberga corazón de tristeza.
Porque no tiene ya regalos
y los caminos son oscuros,
no hay ya nadie
que hacerlo llorar sepa,
Señor, a tu vera.
EL ALTO VELERO
Cuando vinieron los pájaros a mover las hojas
de los árboles amargos junto a mi casa
(eran ciegos volátiles nocturnos
que horadaban sus nidos en las cortezas),
alcé la frente hacia la luna
y vi un alto velero.
Al borde de la isla el amor era sal;
y se había tendido la tierra y antiguas
conchas relucían pegadas a las rocas
en la rada de enanos limoneros.
Y le dije a mi amada, que en sí llevaba un hijo mío
y por él tenía siempre el mar en el alma:
Estoy cansado de estas olas que baten
con ritmo de remos, y de las lechuzas
que imitan el lamento de los peros
cuando hay viento de luna en los cañaverales.
Quiero partir, quiero dejar esta isla.”
Y ella: “Querido, ya es tarde: quedémonos”
Entonces me puse a contar lentamente
los vivos reflejos de agua marina
que el aire me traía a los ojos
desde la mole del alto velero.
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