POSTAL DE SAN TELMO
San Telmo es un barrio de historia y belleza. Sus calles, aunque harto exploradas por turistas y curiosos, pocas veces son comprendidas a fondo. Corazón y razón del Casco Histórico, barrio de antigüedades y tal vez por la misma razón de sueños olvidados, San Telmo esconde poesía en sus calles, y se descubre como terreno virgen al que uno no está nunca seguro de conocerlo del todo.
La postal empieza por la calle Defensa en su confluencia algo violenta con Plaza de Mayo. A Contracorriente, debemos adentrarnos y caminar por las a veces molestas y angostas calles, que no parecen esconder más que otro pasadizo del fastidioso vivir porteño. Pero a medida que nos alejamos del origen y remontamos Defensa, comprendemos el por qué de la caminata. Los primeros empedrados aparecen como cintas depositadas sobre un cráter, carácter de algo obsoleto y nostálgico, pero a la vez que irradia vida. Las calles tienen sus habitantes, y nunca serán caminos al pasado. Mientras avanzamos por Defensa, recordamos el histórico nombre: Altos de San Pedro Telmo y que antes de Puerto Madero y su singular estilo, estaba allí el antiguo Puerto de Buenos Aires. San Telmo es un verdadero crisol de tiempos y tendencias, ya que si buscamos podemos encontrar edificios del los siglos XVII, XIX y XX.
¡Tanta historia emana de sus paredes ajadas y esquinas oxidadas! Hogar de movimientos artísticos y tradiciones ciudadanas, San Telmo tiene uno de sus tantos corazones en su Plaza Defensa, donde una pareja encaramada en su tango febril y despectivo se abraza con la música para envolver a su vez a los espectadores. Dos cuadras más allá de la plaza, todavía por Defensa, se encuentra un escondido paseo, llamado “De la memoria”. Una casa chorizo, muy probablemente un conventillo en sus albores, es hoy en día poco más que una galería histórica, cuyo tesoro más preciado y aún conservado por el avance de la civilización sigue siendo un profundo y auténtico silencio, de los que ya no se encuentran en la Capital del país. El brillo de San Telmo no cuelga de un fastuoso restó bar o de un anticuario etiquetado en euros; el brillo está en las parrillas a la calle y los platos baratos con vista a la simpleza; las antigüedades verdaderas: una fotografía, un antiguo facón o incluso alguna historieta deshojada. San Telmo es una zona turística, lo que, paradójicamente destiñe su belleza natural. Por Defensa, está el destartalado Museo del Cine Argentino, que aunque de título tentador, no es recomendable en lo más mínimo por todo lo que produce en el visitante, pero más aún por el olvido y el desprecio que parece tenérsele. Es preferible perderse por alguno de los afluentes de Defensa, bajar hasta la costa, entrar en alguno de los museos ocultos (como el Museo Penitenciario Argentino “Antonio Bailve”) o los anticuarios en forma de galería poco llamativa custodiada por un portón verde, o el pintoresco “Paseo de 1900”.
La consigna no es dar un detallado mapa, sino romperlo. Es seguir un camino con la sola conclusión de torcer la ruta en el momento menos pensado y explorar. Dejarse perder sin alejarse, y tampoco perderse en la preocupación de estar perdidos. Es conocer un lugar que nunca se podría describir mejor que con las propias palabras de cada uno, las que les nazcan cuando se animen y se adentren en sus profundidades. Las cosas y los lugares y los barrios tienen la particularidad de sorprendernos siempre cuando menos lo esperamos. Sólo hay que darles la oportunidad.