BARILOCHE, UNA MIRADA DIFERENTE
La odisea de los viajes de egresados
Bariloche es una ciudad turística en el Sur de la Argentina. Situada en la orilla del Lago Nahuel Huapi, y dentro del Parque Nacional que lleva el mismo nombre, es uno de los destinos más elegidos a la hora viajar al sur, o al menos un lugar obligado. Los turistas de muchos países confluyen con los domésticos para visitar esta relativamente aislada ciudad sureña. Todo el año parece haber una misma concurrencia, pero observando estadísticas se puede notar que hay un gran salto, entre los meses de julio y
septiembre, en los cuales las cifras van desde los treinta mil hasta casi los ochenta mil. En un determinado momento del año los turistas extranjeros disminuyen, y sin embargo el número de turistas llega a duplicarse. En esta época del año es cuando mayor es el flujo de estudiantes en sus viajes de egresados. En algún punto de la historia argentina el famoso Viaje a Bariloche se convirtió en el rito de iniciación de muchos jóvenes que terminan el secundario. ¿En qué consiste? ¿Qué significa un viaje a Bariloche?
En primer lugar, es un símbolo de libertad. Alejarse de padres, hogar y viajar con conocidos y desconocidos lo más lejos posible. Para el adolescente, Bariloche es una Meca en muchos sentidos. Para la mayoría sugiere un último acto de descontrol en su vida, o al menos en su adolescencia, un ambiente aislado donde las reglas no se aplican de igual manera. Cada uno descubrirá algo. Muchos Esperaron años para poder llegar, y cuando llegan, aprovechan todo lo posible. Que las palabras bonitas y las descripciones poéticas no los engañen, esto no significa más que la experimentación con drogas, alcohol, sexo casual, destrucción de hoteles, peleas callejeras y otras conductas violentas llevadas por el alcohol. Pero antes de salir a la calle a prohibir y restringir, piensen en lo que quiere decir esto. La polémica está a la vuelta de la esquina cuando se habla de estos temas con tanta soltura como hago ahora, pero no es por nada. Las excursiones, las salidas nocturnas, la resaca, los hoteles baratos y de mala calidad, todo eso parece un cáncer más que una panacea, pero como todos los aspectos de la vida, muy probablemente sea los dos al mismo tiempo.
¿Y Bariloche? Bariloche es una ciudad perdida en el tiempo. Mal construida y pésimamente organizada, sin un mínimo de belleza ni austeridad, es una diosa corrompida. Estar rodeada de un hermoso paisaje sólo nos hace creer que la ciudad en sí es bella, pero eso está alejado de la realidad. La plaza del Centro Cívico es el ejemplo perfecto, adornado y decorado como un pueblo europeo en invierno, con construcciones de madera o que emulan serlo. Caminar por sus calles denota la decadencia: edificios descuidados, aceras olvidadas, trazos de una coexistencia cosmopolita más propia de Mar del Plata. No es una ciudad sucia, no tiene por qué serlo. Pero las oleadas y oleadas de estudiantes no dejan de hacer esfuerzos para lograrlo. Según los datos oficiales, más de medio millón de turistas pasan por Bariloche (sin contar los que van en auto, que se calculan en unos doscientos cincuenta mil) durante el año. De todos ellos, un alto porcentaje son estudiantes en su viaje de egresados.
Parece que quiero enviar mensajes mezclados, pero no es así: para los que van a Bariloche, la ciudad es un escenario, un lugar que podría ser cualquiera, con el sólo distintivo de que subirán al Cerro Catedral y podrán ver la nieve. Por lo demás, el viaje se vivirá en el circuito de las discotecas y los bares. Para la ciudad, mientras tanto, los estudiantes son una importante fuente de ingresos. Las excursiones son siestas y resacas sobre ruedas. Muchos ni siquiera van.
Puede decirse que Bariloche fue consumida por una mal necesario. ¿Por qué necesario? Porque es un viaje catártico, purificador, que calma las ansias y explora el interior de los adolescentes. Y no olvidemos el turismo. Las casas de chocolate “barato”, las casas de ropa con las típicas remeras y los gorros de invierno, los recuerdos y las primeras impresiones, los lugares de comida rápida estratégicamente puestos cerca de los boliches, los ejércitos de taxis, los noches cerradas y agresivas, las vistas del Nahuel Huapi y las montañas. El bosque que rodea la ciudad, los barrios de emergencia tristemente demasiado reales, la sensación de abandono y el alcohol y las drogas y el sexo en los hoteles, la mala calidad y el mal servicio generalizado al que por otra parte nadie hace caso porque no es lo que importa, las tardes plácidamente distendidas y por último la sensación, el palpitar de hacer lo que sea, de poder hacer cualquier cosa y compartirlo con amigos y amigas de años, probablemente los mejores. Eso es Bariloche para ellos. Y no se los puede culpar, no se puede culpar a la ciudad, que aunque habituada a los turistas falla en embelesarlos y asombrarlos con su poca premeditada arquitectura y falsa pompa. Y sin embargo ¿quién no tiene recuerdos entrañables de esos mágicos días que pasó con sus amigos? Porque eso es a lo que todo se reduce. Cuando el fuego se extinguió y la agitación se disuelve en la ruta de vuelta, guardamos las cenizas en una jarra transparente de Kodak, y seguimos con nuestras vidas.