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ABUSO SEXUAL INFANTIL

Existe una cierta tendencia a creer que el abuso sexual infantil (ASI) es un hecho que se produce en ambientes desestructurados, de pobreza o que, lejos de inmiscuirse en nuestros más sólidos tejidos sociales, el ASI tiene más que ver con la pederastia o con el comercio sexual infantil que con nuestra realidad social y cotidiana.  En cualquier caso, es algo que nos suena muy lejano y que apenas parece inquietarnos.
Es posible que imaginemos el ASI como si se tratara de algo similar a un grave accidente de tráfico; sabemos que ocurren de vez en cuando, pero jamás creemos que nos pueda afectar a nosotros.  No obstante tenemos muchos más números de los que imaginamos en esa macabra lotería, ya que una de cada cuatro niñas y uno de cada seis niños, aproximadamente, ha padecido algún tipo de abuso sexual a lo largo de su vida antes de cumplir los 17 años.
El ASI lo vamos a detectar, mayoritariamente, dentro del entorno familiar del niño, siendo el padre o padrastro la figura que más habitualmente pasa a convertirse en el agresor. También pueden serlo hermanos, tíos, abuelos y, en general, cualquier persona que tenga acceso al niño y pueda ganarse su confianza.
Es cierto que también existe el ASI por parte de desconocidos, maestros, amigos de la familia, sacerdotes, vecinos, etc., pero eso no nos debe hacer olvidar que entre el 60% y el 80% de los abusos son intrafamiliares.
Al contrario de lo que algunos imaginan, en el abuso no suele haber violencia; al menos no el tipo de violencia física que todos podemos tener en mente. En realidad no es necesaria casi nunca. Al agresor le basta la intimidación y el poder que le confiere su condición de adulto y, en muchos casos, además, la autoridad añadida que le proporciona ser familiar del menor.
Una de las cuestiones que más extrañeza causa es la razón del silencio que casi siempre suele guardar el menor. El desconocimiento de esta realidad conduce al menor, o al adulto, a una re-victimización que no hace sino agravar el problema.  Es importante subrayar que esta situación es más común que se produzca cuando la persona esté más preparada para afrontar lo que se le viene encima, o sea, cuando ya es adulta.  Aún así, es conveniente saber que lo más frecuente, por desgracia, es que no se produzca ni en un caso ni en el otro.
El adulto, cuando es capaz de hacerlo, suele plantearse cuestiones del estilo: -¿Para qué lo voy a contar ahora?-  o bien  -Sólo conseguiré que sufra mi familia-  Estos son condicionantes que tienen mucho peso y que, en buena medida, frenan cualquier intento encaminado a revelarlo.  Aunque detrás de esos pensamientos, no obstante, subyacen causas de más hondo calado que llevan al superviviente a seguir siendo esclavo de su propio silencio. Entre ellas podríamos destacar una baja autoestima, un sentimiento de culpabilidad y una acusada sensación de falta de legitimidad para reclamar o exigir cualquier restauración sobre el daño sufrido hace ya tantos años.
La baja autoestima tal vez sea la característica más común entre las personas supervivientes de ASI. Sin duda es una muy mala compañera de viaje para afrontar la lucha que supondrá enfrentarse a la revelación de los abusos que se padecieron en la infancia.
La culpabilidad empezó a ser un sentimiento asumido por la víctima desde el momento en que el agresor, implícita o explícitamente, convierte al niño en cómplice del abuso. A eso hay que añadirle que el niño es consciente de no haber revelado en su momento dichos abusos.  Cuando el menor cae en esa trampa ya tiene muy pocas posibilidades de escapar.
Como ya se ha apuntado, el agresor suele ser un familiar del menor, con lo cual, éste termina por interiorizar que la revelación supondrá bombardear su propio entorno familiar.  Teme que al contarlo se desintegre la familia de la que, a fin de cuentas, depende, por lo que la opción menos mala es la de continuar soportando estoicamente los abusos.
Otro factor muy controvertido para el menor es el placer ocasional que puede experimentar durante los abusos.  El cuerpo puede reaccionar ante determinados estímulos, algo que sume en la confusión al niño y que puede agravar su sentimiento de culpa.  Es frecuente, en estos casos, que se culpe al “cuerpo” por haber sentido placer y que, ya de adulto, se desarrollen patologías agravadas por este hecho concreto.
La suma de estos y otros factores hace que incluso en la edad adulta perdure esa profunda sensación de ilegitimidad cuando se trata de denunciar los abusos que se padecieron. Y así se perpetúa la cadena del silencio. La consecuencia final que podemos extraer es que el delito de abuso sexual infantil es una de las transgresiones legales más comunes y menos penalizadas debido a la absoluta impunidad con la que, hasta hace bien poco, ha actuado el agresor.  Y a decir verdad, no es que hayan cambiado demasiado las cosas.
El enemigo no está lejos ni es un ser depravado cuya sola presencia salta a la vista.  A menudo es alguien bien considerado socialmente y del que nadie sospecharía jamás.  El enemigo está en nuestra propia casa, y mientras los que padecimos ASI no seamos capaces de alzar nuestro dedo acusador, el agresor seguirá siendo el enemigo invisible de muchos menores.

Datos de Interés

Web para sobrevivientes del abuso sexual infantil:
http://forogam.loeda.net/

Libro sobre el abuso sexual infantil:
http://www.nuevosescritores.com/cuando_estuvimos_muertos.htm

http://www.el-recreo.com/libros/cuando.htm

Contacto con el autor
yohannan_ml@yahoo.es


Joan Montané


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