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Sigmund
Freud:
150 Años
Con
herramientas
clásicas
más las
que
inventó,
estudió
al
sujeto
en sus
aspectos
más
oscuros:
la
sexualidad
y la
muerte
Estamos
de
festejo:
hace un
siglo y
medio,
el
Maestro
vino al
mundo
sin duda
para
cambiarlo.
Aludimos
no sólo
al
fundador
del
Psicoanálisis,
sino a
un
escritor
exquisito
propuesto
para los
más
altos
galardones
de la
literatura;
a un
científico
dotado
de esa
mezcla
portentosa
de
talento
y
determinación,
aplicada
a una de
las
vertientes
del
sufrimiento
humano.
Heredero
del
Iluminismo,
condensa
su rigor
analítico
con los
aportes
de un
movimiento
transgresor
de la
talla
del
Surrealismo.
Con
herramientas
clásicas
más las
que
inventó,
se
dispuso
a
estudiar
al
sujeto
en sus
aspectos
más
oscuros:
la
sexualidad
y la
muerte,
recogiendo
el
guante
que
habían
lanzado
tanto
las
histéricas
victorianas,
como sus
coetáneos
Charcot
y Breuer.
Hasta su
irrupción
en la
escena
vienesa,
las
llamadas
“enfermedades
mentales”
se
trataban
mediante
lo que
hoy
conocemos
como SPA:
Salute
per
Acqua:
los
baños
termales,
los
viajes
por mar,
las
curas
por
sueño.
Participa,
en la
clínica
de La
Salpetrière
de
París,
del
método
hipnótico
que
logra
una
remisión
de los
síntomas
histéricos,
y
articula
esa
práctica
con la
tradición
médica
pero
privilegia
la
palabra
como vía
de
acceso a
“eso”
que
llamamos
Inconsciente.
Desechada
la
hipnosis,
recurre
a la
anamnesis,
es
decir,
la
obligatoriedad
de
recordar,
pero
tiene la
humildad
de tomar
de una
paciente
la
sugerencia
de
aplicar
lo que
luego se
llamó
“libre
asociación”,
regla
fundamental
del
análisis.
Freud
parte de
una
disciplina
existente,
la
Psicología,
hoy
frecuentemente
confundida
con el
Psicoanálisis;
pero
éste
emerge
como un
acto de
fractura,
como una
instancia
instituyente
que toma
como
objeto
un
“algo”
evasivo
que
otras
ciencias
ignoran.
A
diferencia
de
cualquier
arte del
curar,
esta
terapéutica
no puede
ser
encuadrada
en lo
que
llamamos
“discurso
universitario”:
el
Psicoanálisis
trata de
un Saber
no-sabido
que no
porta el
analista
sino el
paciente;
el
dispositivo
analítico
es una
categoría
de orden
confesional
donde,
contra
lo que
propone
la
Ciencia
Positiva
-el
logro de
la
objetividad-,
el
epicentro
del acto
es el
sujeto,
su
subjetividad,
mientras
el
profesional
ocupa un
lugar de
“objeto
nada”
que
posibilita,
al modo
de un
partero,
la
emergencia
de ese
Saber.
A
diferencia
de
Lacan,
Freud
careció
de la
lingüística
de
Saussure,
intelectual
que para
la misma
época
reflexionaba
en
Ginebra
sobre el
lenguaje;
no
obstante,
su
investigación
lo llevó
a
intuirla,
como lo
prueban
sus
textos
denominados
“canónicos”:
La
interpretación
de los
sueños,
El
chiste y
su
relación
con el
Inconsciente,
y
Psicopatología
de la
vida
cotidiana.
El
coraje
de Freud
para
enfrentar
lo
instituido
se
muestra
de
diversas
formas;
intelectual
celoso
de un
prestigio
en
construcción,
no
vacila
en
penetrar
lo
onírico,
reservado
a los
shamanes,
a los
practicantes
de
mancias.
La
psicología
había
abjurado
de los
sueños
como
objeto
serio de
estudio;
Freud se
anima a
afirmar
que
tienen
una
lógica
oculta,
que esa
lógica
es
singular
para
cada
sujeto,
y que su
interpretación
conduce
a los
contenidos
inconscientes
y a la
cura de
los
síntomas.
Conferencista
en
Estados
Unidos,
difunde
su
teoría
frente a
la
cerrazón
de una
intelectualidad
que le
advierte:
“Usted
puede
ser
psicoanalista,
pero
para
ejercerlo
aquí
debe ser
médico”;
bastó
para
que, en
un acto
tan
humilde
como
soberano,
descolgara
su
diploma
de su
consultorio
de
Viena.
Acusado
de
pansexualista
por
“buscar
lo
sexual
detrás
de cada
detalle”,
y más
aún por
postular
que
somos
sujetos
de la
sexualidad
desde el
nacimiento,
fue un
autor
minuciosamente
autocrítico
que
rectificó
sus
escritos
cada vez
que lo
consideró
necesario.
El
Psicoanálisis
subsume
tres
instancias:
una
teoría
del
psiquismo,
un
método
de
investigación
sobre
sus
fenómenos,
y un
método
terapéutico.
Desde
ese
trípode
plantea
el
desciframiento
de
entidades
tan
diversas
como los
sueños,
el
síntoma,
el acto
fallido,
el
olvido,
en tanto
atajos
de
aquello
que no
encuentra
una
expresión
verbal.
Su
hallazgo
de lo
que hoy
conocemos
como
“estructuras
clínicas”
-la
neurosis,
la
perversión
y la
psicosis-
reduce a
tres
lógicas
la
vastísima
gama de
singularidades
mentales.
Pese a
su
humildad,
su faz
narcisista
le
permitió
compararse
con
Copérnico
y con
Darwin,
sumando
el
Psicoanálisis
a las
disciplinas
que
infirieron,
precisamente,
las tres
grandes
heridas
narcisísticas
de la
humanidad:
la
Tierra
no es el
centro
del
Universo,
el
hombre
desciende
de los
simios,
y el
núcleo
del
psiquismo
no es el
Yo.
Si
postulamos:
“la
palabra
es la
muerte
de la
cosa”,
bien
vale
concluir
que es
la letra
de Freud,
hoy
recreada
en una
ingente
producción
teórica,
lo que
pervive
de su
vigente
vástago,
el
Psicoanálisis.
Mario
Malaurie
Psicoanalista
Director
de
Escuela
Psicoanalítica
de
Psicología
Social
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